TESTIMONIOS


Muchas son las experiencias que a lo largo de nuestras vidas se inscriben en nuestros corazones y en nuestras mentes. Ellas son las que nos permiten aprender, y así avanzar en la gran aventura de la Evangelización.

AFRICA EN NUESTRAS VIDAS

Nuestro viaje a África comenzó hace cinco años en Londres. Sin este preámbulo los ocho días que pasamos en África no hubieran significado tanto para nosotros.

El primer contacto que tuvimos con la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol fue en 1995 en una iglesia de Fulham Road, en Londres. Al finalizar una misa dos representantes de la MCSPA, Asun y Denis, ofrecieron a los asistentes hablarnos de su labor misionera. Acudimos con una mezcla de curiosidad y ánimo de ayudar. Albert Salvans Desde hacía tiempo queríamos encontrar una causa que diera más sentido a nuestras vidas.

Tras varios encuentros con distintas personas de la MCSPA decidimos involucrarnos más, colaborando directamente con “New Ways” y recibiendo la presencia y amistad del Padre Alberto en nuestro hogar. Dos años más tarde Albert Salvans nuestra estancia en Londres terminaba con una doble despedida. El Padre Albert se trasladaba a África al mismo tiempo que a nosotros nos destinaban a Nueva York por trabajo.

Afortunadamente durante el tiempo que estuvimos en América pudimos mantener el contacto con la MCSPA gracias a las visitas de jóvenes estudiantes de la archidiócesis de Milwaukee y de una inolvidable visita del Padre Paco, fundador y promotor de la MCSPA. Acompañándoles en sus vi-sitas con potenciales colaboradores pudimos entender mejor la Albert Salvans inagotable paciencia que los miembros de la MCSPA dedican a los demás. En aquella época nuestras vidas transcurrían paralelas en dos mundos opuestos, África y Nueva York, pero nuestra fe nos seguía uniendo a pesar de las distancias.

Después de casi dos años en Nueva York volvimos a Europa y nos instalamos en Madrid. En ese momento nos consi-derábamos ya parte de la MCSPA. No se trataba solo de un compromiso económico, eso es lo menos complicado, ya que casi todo el mundo puede simpatizar con la construcción de una guardería, un Albert Salvans hospital o una presa. Lo que cuesta más es entender y apoyar a la propia comunidad misionera, que es al fin y al cabo el motor de todo lo demás.

A finales del año 1999 intentábamos decidir donde pasar el fin de siglo y Albert Salvans nos invitó una vez más a visitar la misión en Kenia. Esta vez no lo dudamos, lo estábamos deseando.

Desde que aterrizamos en Nairobi, los miembros de la MCSPA nos hicieron sentir en Kenia como en casa. Nos guiaron y facilitaron la estancia de tal forma que nunca llegamos a sentir la tensión que se suele sentir al visitar un país con costumbres diferentes a las propias.

El mismo día de nuestra llegada volamos en una pequeña avioneta a Lokichokio, un pequeño aeropuerto construido por las Naciones Unidas en el Norte de Kenia que sirve de acceso a los campos de hambre. En sus inmediaciones pudimos ver los efectos producidos por la creación de estos campos de hambre. Albert Salvans La miseria se concentra alrededor de las ayudas humanitarias en-viadas desde el primer mundo, incentivando el parasitismo y la delincuencia en algunos casos. La ayuda que dan muchas organizaciones a estos lugares es necesaria pero siempre insuficiente a largo plazo. Hace falta algo más, hace falta una presencia estable, una entrega incondicional a la que muy pocos están dispuestos.

Después de varias horas en coche a través del desierto nos fuimos acercando al Lago Turkana y por lo tanto a la misión. Albert Salvans La carretera se fue convirtiendo en un camino de tierra árida surcada por ríos secos. A nuestro paso caminantes pedían ser acercados a sus poblados de cabañas construidas con ramas y paja. Cuando finalmente divisamos la misión nos pareció un oasis en medio del desierto. Había varias casas construidas con ladrillos, árboles frutales, una huerta con distintas horta-lizas, melones, uvas... El contraste nos hizo darnos cuenta de las condiciones tan básicas en que viven los Turkana y la importancia de la labor misionera al enseñarles a plantar semillas, proteger sus frutos y embalsar agua.

Los días que pasamos en la misión fueron intensos, llenos de conversaciones y tiempo para convivir con muchos miembros de la MCSPA, Albert Salvans especialmente con las jóvenes vocaciones, la esperanza de todos.

Visitando distintas aldeas de la zona pudimos entender mejor la comunicación entre los misioneros y esos poblados. Sus gentes se reúnen alrededor de la iglesia, tienen sed de mejorar sus vidas, se ven atraídos a un nuevo camino que les conduce a la paz afrontando con dignidad sus propios destinos. En esas aldeas se respiraba un aire afable que contrastaba con el de los poblados más cercanos a la “civilización”, donde las concentraciones humanas conviven con lo peor de la “civi-lización moderna”. En los poblados más “desarrollados” mujeres y niños mendigan en las gasolineras, sus pies descalzos en un asfalto aceitoso. Albert Salvans Ir a un bar significa rodearte de gente que pide limosna, sus manos buscan algo que comer, un tesoro vano que poseer.

Recordamos con especial cariño nuestra visita a la aldea de Milimatato. Sus habitantes nos enseñaron el poblado con alegría y orgullo, los primeros brotes de sus semillas protegidas por espinas y su iglesia, una cabaña con un belén compuesto por curiosas figuras hechas con barro como único ornamento. En aquella pequeña choza observábamos todo con emoción rodeados de mujeres y niños. Albert Salvans De repente, nos sorprendió un sonido, voces y sólidos pasos se acercaban a nosotros. José se vio rodeado por una danza de hombres que le invitaban a bailar y yo me vi rodeada por las mujeres, sus manos enlazaron las mías y me invitaban a saltar. Hombres y mujeres bailamos una danza de conquista, por un momento sus cantos llenaron todos nuestros sentidos y fuimos uno más entre ellos. Una vez en el coche, nos miramos unos a otros y sonreímos, no teníamos palabras.

Otro bonito recuerdo fue una misa celebrada por el Padre Alberto en otra aldea. La humilde iglesia se llenó en unos mi-nutos de mujeres, niños y ancianos. No entendíamos su idioma, pero nunca hemos visto tanta pasión en un rezo. Nos turbó el poder y la belleza de sus voces, el fuerte olor a piel de sus ropas, la visión tan cercana de sus pieles desnudas y cicatrizadas. Unas madres entretenían a sus bebés, los mimaban para que no interrumpieran la misa, igual que haríamos nosotros con nuestros hijos.

A la salida de misa, una mujer mayor, apenas huesos, comía los restos de nuestra comida en un rincón. Comprendimos una vez más a los misioneros que tienen que vivir con esa mi-seria y que luchan para que esas personas vivan con dignidad.

Ha sido una gran satisfacción ver lo que la MCSPA ha logrado en esa y otras partes del mundo, y una gran esperanza pensar que en el futuro podemos ser más los que nos sintamos cristianos como ellos. Albert Salvans Damos gracias a Dios por este encuentro tan valioso. Seguir de cerca la vida de estos misioneros da cada vez más sentido a nuestras vidas. Deseamos que un día también se lo dé a nuestros hijos y a las personas a las que podamos comunicárselo.

José y Mónica Falgás